El maestro y los caciques.

Hoy, día de la Hispanidad, creo que es un buen momento para hablar de la historia de España, en este relato breve recojo un pedazo de la vida de un maestro de pueblo, uno de los muchos que fueron represalidos por intentar llevar la cultura a lugares donde el caciquismo no permitía el desarrollo humano. Una historia de dominados y dominadores, de víctimas y verdugos, de ricos y pobres, de vencedores y vencidos… En definitiva una historia de las muchas que escribo.

Quiero pediros perdón por la narración, solo soy un aficionado a la escritura sin más talento que mi espíritu crítico y contestatario. 

Hacía mucho tiempo que el cura de Bearíz la tenía tomada con el maestro de Magros. Concretamente cuatro años de odio contenido, de miradas desafiantes y de descalificaciones constantes, tanto en sus homilías  como en las tertulias que tenían lugar en la trastienda del ultramarinos del pueblo; entre partida y partida era rara la vez que no dirigía algún improperio en contra de la figura del humilde docente.

La maldad del párroco era proporcional al tamaño de su cuerpo, tanto en altura como en perímetro estaba exageradamente desproporcionado, algo que hablaba por si solo de lo bien pertrechadas que tenía bodega y despensa. Mientras “os labregos” y pastores pasaban las penurias propias de la época que les había tocado vivir, la casa rectoral era conocida por las pantagruélicas cuchipandas que el Ministro de Dios celebraba conjuntamente con sus compañeros de tropelías y algún que otro estafado. Uno de los habituales en las fiestas rectorales era su amigo de la infancia: el Alcalde; a ambos les unían demasiadas cosas como para no apoyarse en la gran cantidad de empresas malignas que el  cura pergeñaba en su cabeza vacía de moral.

Los dos amigos habían heredado el cargo, si bien el Alcalde ya era de cuarta generación, del cura solo sabemos que era el hijo bastardo de su predecesor en la rectoral. Así eran las cosas en la profunda Galicia rural, antes, durante y aún más después de la II República.

En el valle los caciques habían encontrado un microclima de crecimiento personal, Alcalde y cura fueron adquiriendo cada vez más riqueza y cuota de poder. Al principio por la falta de cultura de las buenas gentes de aquel Partido Judicial; después por la apropiación fraudulenta de las tierras y de las casas de aquellos que decidían emprender viaje a buscar fortuna en Méjico, Brasil o Venezuela; más tarde por la esquilmación sistemática de las fortunas de aquellos que regresaban al pueblo de la emigración con las alforjas llenas y por último, tras la instauración del franquismo, por el monopolio de la violencia y la apropiación de cuanto les venía en gana sin que nada ni nadie les parase los pies.

Las noticias que le llegaban al maestro no eran nada halagüeñas, más aún, teniendo en cuenta que Galicia había sido tomada desde el minuto cero por los sublevados; por ello, no era de extrañar que pensase que la información que recibía estaba adulterada, pero pronto se dio de bruces con la realidad. Tras recibir una carta de un compañero que había conocido durante su estancia en Cádiz supo que la cosa ya no tenía remedio, la misiva era clara y concisa: “Ilustre amigo lamento comunicarte que la guerra está apunto de finalizar y no en el sentido que ambos imaginábamos al principio de esta sin razón. Un fuerte abrazo. Madrid, 20 de Marzo de 1939.”

Los oportunistas recibían, a través del único transistor que había en el valle, los partes de guerra de mano de la recien creada Radio Nacional de España, fue eso lo que hizo que viendo los derroteros que seguía la contienda tomasen la decisión de impulsar la creación de una Falange Local.

Al mando de la misma pusieron a un joven analfabeto de una de una pedanía vecina, sin oficio ni beneficio conocido, les pareció la mejor y más dócil opción para poder mangonear a su antojo la organización. Los toparcas vieron en ésta la oportunidad de comerter más abusos y tropelías sin que se les pudiese relacionar a ellos de manera directa, ampliando así su capacidad para hacer y deshacer las cosas en aquel lugar con cierto halo de legalidad.

Era raro ver por aquellos caminos empredrados y llenos de charcos algún vehículo a motor que no fuese el coche de línea ó el de los dos indianos que recientemente habían retornado con una gran fotuna a la tierra que los viera nacer. Los vecinos utilizaban como medio de transporte el “burro” y algún que otro caballo, pero esta útlima opción solo era para los más pudientes. Sin embargo, los de la Camisa Azul tenían una camioneta que sacaban todas las noches para salir a “cazar”; así era como estos desertores del arado designaban a la acción de ir a buscar en la cobardía de la oscuridad a los “enemigos de la patria y del movimiento”. Con nocturnidad y alevosía, bien entrada la noche, hacían escala en los pueblos de la comarca y sacaban de sus casas a las vícitmas con el pretexto de llevarlas a declarar ante la autoridad. Mal sabían los pobres que ese “paseo” tenía un camino de ida sin vuelta, pues les esperaban la pared y el plomo para hacer injusticia.

El cura había ido a A Coruña para presenciar el desfile militar en homenaje a la Victoria de los “Nacionales” en la Guerra; visita que aprovechó, como era costumbre cuando estaba en alguna capital, para visitar los mejores burdeles de la ciudad. A su regreso entendió que era el momento de ejecutar su venganza contra el maestro.

Aunque en este caso no contaba con el apoyo de su cohechor, el mohatrero informó a  las autoriades competentes del peligro que suponía tener en el Valle a una persona con ideas subversivas; así que lo acusó de: comunista, republicano y anticlerical. Al día siguiente un Inspector del Movimiento se personó en la escuela unitaria de la aldea de Magros para auditar el trabajo que venía realizando el maestro. Sin tiempo para haber puesto un retrato del dictador presidiendo el aula, ni de haber enseñado el “cara al sol” ni los rezos de rigor a sus alumnos, sin posibilidad de haber adquirido una bandera rojigualda con el escudo del águila para la escuela… la suerte estaba echada. Tampoco fue de gran ayuda la actitud prepotente y desafiante del inspector, como no lo fue el arrebato “retranqueiro” que el docente imprimía en cada una de sus respuestas. El inspector se fue con cara de pocos amigos, tras el portazo que el franquista dio a su salida supo que estaba sentenciado.

Al poco rato de la visita, el cura, ya tenía la confirmación de que su enemigo no había superado la prueba, al fin tendría justificado el hacer desaparecer a tan peligroso elemento. El error del Santo Varón fue contarle al Alcalde la mala obra que iba a cometer: “pasar por la piedra al cabrón del maestro”. A pesar de su afición al engaño y la estafa el edil no tenía ningún tipo de animadversión hacia el aquel pobre hombre; así que, no dudó en informar a su compadre, que era Alcalde Pedáneo en Magros y gran amigo del profesor, de las oscuras intenciones que tenía el carnicero de la sotana. Éste no dudó en avisar al líder de la banda de los pueblerinos que se habían echado al monte para salvar su cabeza y combatir la opresión de las hordas falangistas. Juan da Camila había sido uno de los esbirros del Alcalde durante años pero llegó un punto que sus fechorías se le fueron de las manos, terminó encarcelado y luego expulsado del pueblo a instancias del Cura que no dudó en presionar a su compañero de mohatras hasta conseguirlo. Con el tiempo sufrió una metamorfosis sin parangón y se convirtió en el azote de las viejas oligarquías que reinaban en el Valle.

Fue Juan da Camila el que avisó al maestro de la suerte que podía correr esa noche si se quedaba en su casa. Éste, como el resto de los vecinos, le tenía un gran aprecio porque a parte de su mentor de lectura y escritura, era una muy buena persona. Así que, no dudó en llevarlo con él al monte para salvarle la vida.

Los Falangistas junto con la Guardia Civil formaban el brazo armado y represivo del gordinflón sacerdote, lo dotaron de un poder que no supo controlar; estaba habituado a robarle a los vecinos en nombre de Dios pero decidir sobre la vida de un hombre eran palabras mayores hasta para un Ministro del Altísimo.

Entrada la noche el camión de los Camisas Azules se presentó en la aldea de Magros, paró junto a la casa del maestro, comandados por el tonto bajaron cinco hombres armados y entraron a la fuerza en la vivienda. Sacaron a empujones a la mujer junto con sus cuatro hijos que, sin abrigo,  bajo el agua de la lluvia contemplaban como en la búsqueda de su marido y padre destrozaban los pocos bienes y alimentos de los que podía disponer un pobre maestro de pueblo. Su mujer y sus hijos nunca pudieron olvidar aquella humillación.

Enfadados por no haber obtenido el premio deseado, por no cumplir la tarea encomendada por el Padre, acordaron que no tenía sentido hacer el viaje en balde; la necesidad de canalizar su odio y la sed de sangre los llevó a invadir la casa del tullido del pueblo. Su delito era que no levantaba el brazo derecho para saludar, algo completamente lógico si tenemos en cuenta que en una jornada de caza sufrió  un accidente que hizo que perdiese la movilidad total de ese apéndice. Lo sacaron de la cama, lo subieron al camión a golpes y al grito de “rojo de mierda, saluda como un hombre”.  Nunca volvió del “paseo”.

 

 

Autor: meidingaliciacom

Cosas hechas en Galicia

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